lunes, 29 de enero de 2007

La DERECHA opina . A confesión de parte relevo de prueba



Calderón: ¿ideólogo o político?

Por Alan Arias Marín


Felipe Calderón es Presidente de México, político profesional, el más alto funcionario del país. No es intelectual —ni tiene por qué serlo— es, en su formación profesional, cultura y adiestramiento político, un aparatchik. Vida de partido, promociones de partido. Un hijo protegido y exitoso de Acción Nacional y su ethos católico-conservador.

No estamos ante Henrique Cardoso, intelectual y académicamente brillante o Ernesto Zedillo, reconocido economista; estudió derecho y realizó algunos diplomados, pero no ha ejercido nunca su profesión de abogado, está lejos del prestigio del jurista. No tiene, razonablemente, entrenamiento suficiente para el debate teórico, ni cuenta con habilidades desarrolladas para el control y precisión del lenguaje de las disciplinas sociales. Hace con decoro su tarea comunicacional, es ordenado, memorioso, relativamente convincente y avanza en el uso eficiente del carisma propio del cargo. Bueno, es un político profesional, que vive —ha vivido— de la política y para la política, para ponerlo en los términos encomiosos de Weber, lo cual es muy digno y respetable.

En consecuencia (deseablemente), ha de poseer criterios éticos de responsabilidad pública más allá de su moralidad privada o sus creencias religiosas (ya sabemos —la abuela lo decía— sólo hay algo peor en la vida que un político profesional, esto es, uno que no lo sea).¿De dónde, entonces, el afán de aparecer como lo que no es y asumir el rol de ideólogo del libre mercado y la globalización que se nos va, tal y como lo hizo en su frustrante debate con Lula da Silva, en el Foro de Davos (por cierto, avezado en discusiones político-teóricas del sindicalismo, gallo de esos que no dejan pasar un punto y no sueltan presa, como sus antecedentes de líder obrero acreditan)? ¿No había modos más eficientes, concretos y elegantes de incentivar, como Presidente, las inversiones extranjeras en México? ¿Por qué el recurso a la argumentación apologética en clave de dilema excluyente? ¿Por qué el tono pendenciero, cargado de ideología —de prejuicios contra expropiaciones y nacionalizaciones— y explícita adscripción pro-estadunidense (ALCA fenecido), en sus alusiones obvias (no explícitas) a Hugo Chávez y Evo Morales? La respuesta es compleja y valdría la pena aventurar alguna hipótesis. Tema posible de meditación con su staff, más sofisticado que el foxista (no asistimos ya a las babosadas de Fox y comitiva, anécdotas prototipo de tontería que acusaban vaciedad intelectual y moral). Veamos. En la dura batalla por la legitimidad (interna y externa), corroída por la defectuosa elección, la protesta liderada por AMLO y su esperpéntica toma de posesión, Calderón confunde su rol de Presidente con el de ideólogo; carece de discurso y bagaje intelectual, adolece de condiciones, diagnóstico y herramientas políticas para promover eficientemente al país en el plano internacional.


En primer lugar,
su horizonte conceptual es muy primario; sustituye las clásicas —aunque desgastadas— coordenadas políticas de izquierda-derecha, por la alegoría emocional del pasado (malo) y el futuro (bueno). Arremete, entonces, contra expropiaciones y nacionalizaciones; considera —con superficial ortodoxia neoliberal y algún asomo de subordinación— que el asunto de fondo radica en la opinión de los empresarios respecto de políticos que amenazan sus inversiones… él promete el proceso inverso (¿privatizaciones y ventas de garage?). La respuesta de Lula fue rudimentaria y devastadora: cada discurso remite a sus condiciones específicas: Bolivia y el gas, México y el petróleo… Es decir, el expropiado y nacionalizado petróleo de Pemex, monopolio estatal, que amamanta sin pudor al Estado fiscalmente incapaz, sapo atragantado de la ortodoxia neoliberal mexicana, políticamente impotente ante la correlación de fuerzas (México votó muy complejo el 2 de julio, no votó mercado y neoliberalismo sin más…), derrotada ante una cultura política de acentos nacionalistas preñada de ideología (“el petróleo es nuestro”), ¿qué pues?Al no advertir la contradicción de su discurso, Calderón perdió el debate y limitó su credibilidad: el juego internacional reclama más vueltas que la burda esquematización en opciones modernas y atrasadas (ojo, joven Mouriño).


Hay que hacer ofertas concretas, basadas en diagnósticos realistas y creíbles, no en quimeras de un gobierno con mandato unívoco y democracia consolidada. De paso, la retórica de intención latinoamericanista del nuevo gobierno se ha desvanecido, Calderón entró a la refriega ideológica —al modo Fox—. Por favor, zapatero a tus zapatos.

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