miércoles, 18 de junio de 2008

Bueno y muy a su estilo


Cultura jurídica (una aproximación)



por Carlos Monsiváis en El UNIVERSAL





1. La cultura jurídica, término de uso más bien reciente, experimenta un desarrollo contradictorio a partir de las dos últimas décadas. Hasta hace poco se le creía sólo al alcance de los especialistas. Antes, era la creencia general, ¿de qué servía enterarse de las leyes si los resultados dependían en un número desorbitado de casos resueltos por la más profunda ilegalidad? El dura lex, sed lex, la ley es dura pero es la ley, no persuade, no se cree en su importancia justa y porque, de conocerla, todos recurrirían la sentencia (atribuida) a Benito Juárez: “Para los enemigos, la ley; para los amigos, justicia y gracia”. Como suele suceder, se desconfía y se confía en la ley, no hay otra, y de ella, a la vez, nada y bastante se espera.

* * *
2. De algunas certidumbres sociales:


—En la percepción pública, la idea de la justicia hace las veces de trampa de la que únicamente se salvan los capaces de adquirir su impunidad (su libertad) a precio costoso.

—En la percepción pública, a veces es posible obtener el reconocimiento de los derechos. Basta con que le toque a la persona un buen juez.

—Los pobres, los de recursos económicos no renovables, se sienten de antemano perdidos ante el Poder Judicial. La confianza en la injusticia orgánica de la justicia es el equivalente de la sensación de fracaso en la educación primaria y secundaria. Dice el dogma: hasta donde llega la persona en sus estudios, hasta allí llega en la vida, a menos que opte por las vías del deporte o la delincuencia. Se cree en verdad en una justicia tarifada, y, además, también, se considera posible “tener suerte” en los juzgados, fíjate, si todo estuviere mal habría revolución.

—Los ricos (ya no se diga los muy ricos) se muestran indiferentes a los procedimientos judiciales, se desentienden de escándalos y denuncias, y la asesoría legal a sus órdenes conoce a la perfección los vericuetos y los puntos débiles de la administración pública. Si oyeran lo de “La ignorancia de la ley no implica su no observancia”, dirían que les pagan suficientemente a sus abogados como para tener becada a la observancia de la ley.

A eso se añade la imagen popular de la justicia, desplegada por José Clemente Orozco en su mural de la Suprema Corte, la de una entidad corrupta, semivestida, desmechada, muy al tanto de las negociaciones en torno al cuidado de su balanza.


3. En el imaginario colectivo, sin estas palabras pero con el sentido afinado por la exasperación de las comunidades y las personas despojadas, a la ley la representan los jueces tiránicos y “reblandecibles” o los abogados desbordantes de triquiñuelas. A ellos, por ejemplo, se les atribuye el descontento que desemboca en la Revolución Mexicana:

“Los abogados y hombres de negocios que pertenecían al círculo dominante miraban con desagrado y hasta con ira la inaudita prosperidad de los bufetes y despachos de sus rivales, y el pueblo en general, que veía salir de la modernidad pecuniaria a la opulencia a aquellos señores, fue concibiendo entre ellos una malevolencia sorda, todos los días crecientes. De suerte que uniéndose la mala disposición de los unos con el rencor de los otros, se produjo el disgusto general que pronto se convirtió en odio” (José López Portillo y Rojas, Elevación y caída de Porfirio Díaz, 1930)

En Pasado inmediato (1914), Reyes da otra noticia de lo que acontece en la dictadura de Díaz: “Al final de cursos, los preparatorianos, en su mayoría cruzaban rápidamente la calle y se inscribían para las carreras. No pocos optaban por la de abogado, lo más ostensible entonces, asiento de preferencia para el espectáculo de la inminente transformación social, aquello que permite fácilmente saltar a escenario. La opinión lo esperaba todo de los abogados”.


4. En la década de 1950 se implanta la figura del abogángster, el personaje devastador, bastante más extendido de lo que se pensó. El modelo es Bernabé Jurado, de vida que exige el calificativo de tumultuosa, dueño de la fama que es prontuario. Así por ejemplo, circula una leyenda que no lo es tanto: en un descuido real o inducido de los empleados de un juzgado se come el documento comprometedor de un expediente; además, y para enriquecer la trayectoria, paga testigos falsos, patrocina torturas que obtienen la confesión de inocentes, anda siempre con un amparo en la bolsa, golpea a sus esposos y novias, se ostenta como el influyentazo. Es, de seguro una leyenda local, un penalista de la ciudad de México al que nadie le informó de la existencia de los escrúpulos. Es eso y es la representación demencial del poseedor de un título universitario que no se fija en los límites porque las leyes, al radicar con demasiada frecuencia en su interpretación, a eso se prestan, a ser calificadas de papeles ajustables a la voluntad del mejor.


5. Téngase en cuenta el tiempo histórico del que surgen los abogángsters y en donde se prodiga el término abogado huizachero (por el árbol espinoso que usan los curanderos indígenas) cuyos engaños son los propios de un falso chamán. “Su problema tiene arreglo, señora, su hijo sale pronto, sólo que necesito un anticipo”. El contexto ideal de esta idea de justicia como el tianguis que se irá convirtiendo en mall, es el sexenio de Miguel Alemán, con el despojo masivo de los terrenos ejidales, la disolución a golpes y asesinatos de derecho de huelga, el encarcelamiento sin pruebas de “los subversivos”, el atropello de los derechos patrimoniales, etcétera, etcétera. A eso se añade, a la salida del poder de los militares, y desde el gobierno del licenciado Miguel Alemán, la irrupción múltiple de los abogados, que bien pueden actuar como sociólogos, planificadores, incluso economistas. Antes de la cultura jurídica está el imperio de los licenciados en Derecho.

Escritor

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