martes, 28 de octubre de 2008

Una línea es una sucesión de puntos . Dos ciudadanos que se encontraron en ese camino.

“ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR

Por Juventino V. Castro y Castro *


Con muchas dudas e incertidumbre personal, me atrevo a tratar un tema que me había prohibido a mí mismo: evaluar la figura política del líder Andrés Manuel López Obrador.
La razón era muy sencilla: se trata de analizar y pronunciarse respecto a la conducta política de una de las figuras más singulares del Siglo XXI mexicano.

Si lo elogiaba, siendo que fui honrado por él como su asesor (aunque de nada lo haya asesorado, aconsejado o sugerido, porque nunca lo había necesitado, o ello no lo requería de mí), se diría que resultaba obvio que intentara justificarlo, y lo que es peor: ensalzarlo para –a su vez-justificar mi posible desempeño a su petición.

Por el contrario, si lo atacaba o lo sometía a mi crítica contraria para deslindarme de él, se diría simplemente que soy un traidor, un inconsistente, un “arribista”, sin escrúpulo personal en atacarlo cuanto originariamente lo apoyé .

Una cosa es bien clara: Creo –como convicción- que el criterio democrático contemporáneo se centra en la justicia social, la justicia que da la razón a los intereses sociales, y vigila estrecha y normativamente el interés particular, el cual siempre debe ceder ante los primeros, y que esta tesis debe defenderse en cualquier trinchera en que nos coloque la circunstancia de nuestra sociedad.

Desde este momento clarifico: creo que López Obrador se encuentra asentado en la tesitura anteriormente precisada, y se da el hecho comprobado de que yo también sea partidario de esa ideología.

Simplemente coincidimos en ciertas posiciones sociales, principalmente las políticas. Siendo él un político, y pretendiendo yo ser un jurista: la pasión de mi vida. Resalto que soy un apartidista. Creo que los partidos políticos se roban el poder soberano del voto público.

Y va de historia: era yo Ministro en activo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cuando por primera vez oí hablar (antes nunca lo había siquiera ubicado) de Andrés Manuel López Obrador, un político mexicano originario del Estado de Tabasco.

Y lo supe porque Roberto Madrazo (también político tabasqueño), planteó a la Suprema Corte un problema constitucional no electoral solamente propio del entonces ya existente Tribunal Electoral (al inicio simplemente Federal, y desde 1996 Tribunal del Poder Judicial de la Federación).

Se trataba de que Madrazo contendía entonces contra López Obrador por el reconocimiento de uno de ellos a la Gubernatura del Estado de Tabasco.

Por cierto, es una de las ocasiones en que pude constatar la audacia de un político sin escrúpulos. Cada vez que le dábamos un “palo” procesal al promovente (Roberto Madrazo), él reunía (¿ y pagaba?) a la prensa nacional, y decía que le daba las gracias a la Gran Corte, por haberle dado la razón, a la cual elogiaba por ese acierto. Creíamos que ese cuerdo era un loco.

En realidad seguía (y hasta mejoraba) las mañas de Gustavo Díaz Ordaz, que en su asistencia a la inauguración (yo estuve presente) del Estadio Azteca, todos los asistentes le chiflaban ruidosamente.

Y él, aposentado a mitad de la cancha, daba vueltas sobre su eje, sonreía, y daba las gracias a los presentes, sabedor de que las Cámaras de Televisión transmitían su imagen de “popular homenajeado”, pero que tanto ellas como la Radio substituían los reproches reales, con aplausos meticulosamente producidos y grabados de antemano.

La segunda vez que supe de López Obrador fue cuando ya era Jefe de Gobierno, y se le reclamaba por supuestos agraviados de actos de Gobierno del Jefe de la Entidad. También a él le dimos de palos. Contestó, no bajo el estilo de Madrazo sino bajo su estilo de gobernar.

López Obrador se lanzó contra el Pleno, del cual yo formaba parte. Contra sus ataques me pronuncié y defendí la dignidad de todos nosotros.
Quien tenga acceso a las minutas de nuestras Sesiones de aquellas épocas podrá enterarse de que no falto a la verdad.
Pero los jueces no valoramos (o no deberíamos valorar) criterios específicos o de partidos políticos de los litigantes. Es nuestra obligación ponernos por encima de cuestiones que no están incluidas en la litis (el fondo de las reclamaciones), y vemos como natural se nos elogie o se nos ataque –según los intereses de los promoventes- porque no nos encontramos involucrados en cuestiones colaterales al único objeto procesal de nuestro juzgamiento imparcial.

En 2003 entré en retiro legal. Instalé en la antigua casa de mis padres (mi casa de soltero) un Estudio-Biblioteca, y me dediqué –principalmente- a escribir o actualizar a mis modestos libros de Derecho, y a colaborar como articulista en varios diarios capitalinos.
Es en ese tiempo cuando se plantea (por resoluciones provenientes de un Juez de Distrito) la supuesta desobediencia de López Obrador (en su calidad del Jefe de Gobierno, pero ya fuerte candidato de un partido político a la Presidencia de la República) a un auto de suspensión decretado por el Juez, al no obedecer (se dijo) una orden de suspender los trabajos de un camino a un Hospital en la zona sur de esta capital.

El mandato del juez (la suspensión del acto reclamado), fue objetado por López Obrador y motivo de la revisión por un Tribunal Colegiado de Circuito. Éste ratificó el mandato, y lo comunicó al Juzgado reclamado, en oficio pertinente.

El Juez de Distrito le notificó la resolución a las partes, entre ellas al Agente del Ministerio Público Adscrito al Juzgado. Este a su vez lo dió a conocer a sus jefes en la Procuraduría General de la República, cuyo titular encargó a uno de los Sub-Procuradores procediera a acusar penalmente a López Obrador, pero como estaba aún gozando de fuero constitucional, le ordenó solicitara su desafuero, de la Cámara de Diputados, cosa que se llevó a cabo puntualmente.


Las consecuencias eran sumamente graves para el país, pues de hecho inhabilitaba a López Obrador como candidato legalmente aceptable a la contienda, lo cual finalmente no ocurrió.

Los comentarios generalizados de este problema no tanto jurídico (aunque sí era su origen) sino político, causó numerosos comentarios profusamente hechos saber por los medios masivos de comunicación (principalmente del monopolio televisivo), y fue obligatorio para nosotros los comentaristas (hasta los poco importantes, como yo), pronunciarnos al respecto, si queríamos realmente poner las plantas en el México Real.


Me limité a glosar tan importante acontecimiento, y como Ministro de la Suprema Corte que aún soy (aunque dinámica y jurisdiccionalmente inactivo) me creí obligado a opinar.

Lo hice. Me pareció absurdo e inconstitucional que la Procuraduría General de la República pudiera dirigirse directamente a la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, y pedir el desafuero de un funcionario electo por el pueblo, fuere cual fuere la situación que se examinara.

Manejé argumentos por los cuales consideraba que el Juez de Distrito (después de escuchar los alegatos de las partes en un juicio de amparo) debería haberse dirigido al Pleno de la Suprema Corte de Justicia, tal y como ocurre tratándose de sentencias de amparo no cumplidas, cuando la Constitución lo ordena para estos casos, y el artículo 109 de la Ley de Amparo dice que únicamente puede pedir el desafuero de un alto funcionario la propia Suprema Corte (y no el Juez de Distrito, ni el Procurador General de la República ; y mucho menos un Sub-Procurador), y como en el caso no se hizo así era palmario que se habían violado las garantías constitucionales del Jefe de Gobierno electo por los ciudadanos del Distrito Federal.


Añadí –como conjetura- que entendía que tal procedimiento de desafuero intentado por un miembro del aparato del Poder Ejecutivo, habría necesitado previamente de la anuencia de su jefe, y resultaba sospechoso que no se hubiere hecho así, por lo cual valoré la medida ilegal e inconstitucional como un ardid político del Presidente de la República, para anular como Candidato a la Presidencia de la República a López Obrador.


Así lo hice, y además escribí el libro “El sistema constitucional de las declaratorias de procedencia (desafuero)”, publicado en el 2005 por la Editorial Porrúa.

Ello fue lo que motivó que varios meses después un amigo común nos reuniera (a López Obrador y a mí) a desayunar en la casa del primero.

Ahí me pidió López Obrador formara parte de su grupo de asesores, a lo cual accedí sintiéndome alagado por un político afín a mis ideas jurídicas y sociales, pues carezco (¡bendito sea Dios!) de vocación política y de ambiciones del mismo tipo.


Largo relato para narrar nuestra relativa y condicionada relación. Yo veo a López Obrador más con mi calidad de ciudadano que como a alguien vinculado a movimientos políticos.

Por lo tanto no soy imparcial, pues tengo aspiraciones como ciudadano y no cómo profesional de la política. No soy imparcial, pues carezco de membresías a partidos políticos. No soy un experto en las motivaciones políticas de López Obrador, pero tengo criterio propio para juzgar a los seres humanos: mis próximos.


Ante la situación a que ha llegado ese líder político mexicano en estas épocas, después de tantas luchas de él y de su equipo, me coloco (y trato de colocar a quien me lea) en una situación realista.


Luchó denodada y exitosamente por obtener las simpatías electorales de los mexicanos. De hecho siempre encabezó las encuestas de los encuestadores de las partes involucradas en el proceso electoral.


Fue objeto de campañas insidiosas (él siempre las calificó de verdaderos complots) para bajarlo de su pedestal triunfador.


Los partidos políticos contrarios a su candidatura, el Presidente de la República, los inversionistas mexicanos y muchos de los extranjeros, los medios masivos de comunicación, bueno hasta los derechistas más firmemente asentados, los miembros de las organizaciones electorales (cuando les tocó intervenir), los espontáneos a los cuales les molesta el ruido social, todos ellos se unieron contra el candidato que siempre se llamó de izquierda (y que lo fue). Lograron una resolución desfavorable a él. Lo reconoció así el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.


Entiendo perfectamente su situación. Él se considera “trampeado”; me atrevo a señalar que en mi interior también lo creo así; pero soy un personaje sin importancia y que nada tiene que ver en este relato político.


La verdad real es que un mexicano con larga carrera política como él, tuvo que afrontar que otra persona (a la cual él considera que venció), es legalmente ungida (en memorable sesión conjunta borrascosa de ambas Cámaras que conforman al Congreso de la Unión ), y él se considera –con razón o sin ella- el Presidente Legítimo de México.

Siempre ha reconocido que otro es el Presidente Legal. Y le duele que sea éste quien dirija los destinos de la Patria común.

Se burlan (sus contrarios) de él; lo aplauden sus fieles y leales partidarios que también se sienten (ellos, en lo individual) burlados, trampeados, ninguneados; y le otorgan ese título. López Obrador que se refiere a una esencia, no a una forma convencional que jamás se le ha reconocido oficialmente a él, y que por lo demás es simbólico y no oficial.


Pero llega hasta el último recurso legal, el cual le es negado, por razones difíciles de digerir.

Cuenta con un precedente que tiene bien presente. Lo mismo le ocurrió al candidato Cuauhtémoc Cárdenas cuando compitió con Salinas de Gortari. Alegó Cárdenas haber sido objeto –también- de una conspiración de las mismas fuerzas de poder que infortunadamente prevalecen en México.
Por igual señaladas y condenadas por la mayoría de los mexicanos, Cuauhtémoc también lucha, y el aparato político y judicial lo aplasta. Le desechan sus recursos legales y políticos. Perdió toda instancia posible.


No se conforma pero sí se inmoviliza. López Obrador ve con horror que Cuauhtémoc se inmovilice. No quiere ese ejemplo. Trata de superarlo.

Maneja a sus partidarios, a sus similares, al pueblo en general. Manifestaciones, protestas, muestras de que dicho pueblo clama por un sistema mejor, más democrático, más limpio. Críticas de los “pacifistas”.


Pero el pueblo (en México, y quizás en todo el mundo) es débil, es desvalido, es anulable. Todos claman por un cambio (político, económico, cultural, social) pero nadie se acerca a una aproximación al sistema para cambiar.

El dilema es siempre el mismo: ¿Me conformo? ¿Me rebelo? ¿Me aviento? ¿Arriesgo mi vida y la de los míos? O bien, resignadamente me someto.

Todo, antes que el desorden armado que sí ocurrió en toda la vida independiente de México, hasta el Movimiento Social de principios del Siglo XX.

López Obrador no desea incendiar a México. Pide que la resistencia civil sea pacífica, aunque en ciertos momentos resulte hasta ingenua, estéril, improductiva; para así ante todo, salvar la paz social.


Reconozco que simpatizo mucho por esta posición pacífica. Acepto (y muchos conmigo) que debemos maldecir a la violencia, como posición social; a la agresividad como instrumento; aunque nuestro propio país sea un remedo de democracia.

No puedo (afirmando que soy realista) dejar de simpatizar con este principio que continuamente nos recuerda López Obrador en sus intervenciones públicas o privadas. Debemos prometerle que cumpliremos el mandato, aunque sea a costa de burlas, de abusos, de injusticias.

La vida política, siempre está sometida al Derecho, pero frecuentemente no parece lógica ni congruente, aunque sí debe respetarse, aunque con ello se beneficie el poder bastardo.

Sin embargo, lo que debe importarnos es nuestro porvenir, con López Obrador o con Perico el de los Palotes. Podemos continuar como hasta ahora, o imitar a Hidalgo, a Morelos, a Benito Juárez, o a Zapata o a Pancho Villa.


Claro que lo más cómodo es meter la cabeza en un agujero en donde uno pueda alegar que no se había dado cuenta que en México triunfa la trampa, y se demerita a la civilidad limpia.

El problema de López Obrador, es que el pueblo se le duerme, y tiene necesidad de despertarlo. Si lo queremos hacer como un jovencito de Hollywood, o como un héroe de cualquier película, en realidad es cuestión de buscarse un buen “equipal”, y dormir la siesta.

Si López Obrador se dedica a redactar textos de Derecho o de Política, en vez de obrar que es su naturaleza, ya podemos sacar nuestros pañuelos y despedirnos de él.


¡México está en una terrible disyuntiva! ¡Con el sistema, o con el cambio profundo; riesgoso!

Aquél es pasivo, éste es violento. Pero no es la decisión de un personaje. Es la de un noble y admirado pueblo. Uno que por el momento está “dormido” y que ha pedido lo despierten cuando nos sirvan el chocolate.




* Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación , Doctor en Derecho y Especialista en Amparo , Penal y Constitucional.


pensamientos@juventinovcastroycastro.com.mx

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