miércoles, 17 de diciembre de 2008

¿ Quién dice ! Yo ¡ ?

Por Juventino V. Castro y Castro*
N
o nos puede caber la menor duda (no nos debe caber la menor duda), de que la DEMOCRACIA es el mejor sistema de gobierno al cual ha llegado la Humanidad, aunque otros nos empeñemos en considerarlo –más modestamente- que es el menos malo.
Para que no quepa la menor duda sobre lo que estoy hablando, he intentado se estudie su reconstrucción, y aclaro que me adscribo a la definición de Democracia que produce el Maestro Andrés Serra Rojas en su “Diccionario de Ciencia Política”, y que concretamente es la siguiente:

Sistema de gobierno que se caracteriza por la intervención de las mayorías de los ciudadanos en la organización del poder público. La democracia tiene como fundamento la idea de que las cosas públicas interesan o afectan a todos y deben resolverse con el concurso de todos, o al menos de las mayorías.
Aparentemente la definición es perfecta. Es clara y contundente. Dice que el poder público pertenece a las mayorías.
Pero ¿quienes constituyen la mayoría? Nuestra Constitución, en su artículo 39, afirma (y es tesis mexicana intocable) que la soberanía nacional reside en el pueblo; y que todo el poder público dimana del pueblo, y se instituye para beneficio (¡ojo con este concepto!) de éste, o sea el propio pueblo.
Es decir (y en ésto no puede haber manipulación aceptable) que el ejercicio del poder público sólo se considera válido, cuando sea un acto o una ley que beneficie al pueblo. Ejercicio del poder que no beneficie al pueblo, por definición es inválido. ¿Pero, interponiéndose qué acción procesal constitucional?
No quiero desviarme de mi examen principal. Siendo el pueblo el soberano, y siendo también suyo el poder público en tanto lo beneficie, la mayoría democrática tendría que entenderse como mayoría del pueblo . Y bien se sabe que no es así.
Sólo se puede dictar un mandato público por una mayoría dentro de una consulta al pueblo, y la respuesta electoral que corresponda a lo consultado. Lo que quiero decir es que el pueblo que no tiene acceso legal al voto público , no cuenta para nuestro sistema democrático, que se ha referido –en realidad- a la mayoría ciudadana; o sea: la mayoría que vota. La que no vote porque no puede hacerlo se deja a la piedad del altísimo.
No puede uno en rigor oponerse, en congruencia, al sistema actual. Sería inconcebible (caricaturesco) que se pretendiera que en una decisión democrática hasta los recién nacidos voten, o, según los que creen de esa manera, el producto de la unión exitosa de un óvulo y de un espermatozoide.
Es claro que la decisión trascendental sólo puede tomarse por un pueblo con suficiente experiencia e ilustración para hacerlo conscientemente, y que según el artículo 34, fracción I, es el ciudadano que haya cumplido los dieciocho años, único que tiene derecho al voto según nuestra Carta Magna.
Pero no es posible negar que, en los llamados conflictos generacionales, los jóvenes no ciudadanos, que piensan en forma contraria a los que sí son distinguidos como electores válidos, finalmente tendría que concluir que realmente los menores de diez y ocho años constitucionalmente son nada.
Como primera conclusión –tomada en el camino- pregunto: ¿No podría estructurarse un Representante de niños y jóvenes, y hasta de ya concebidos, que añadan su representación a la de los representantes de la ciudadanía? Y si ésto se aceptara. ¿El Representante sólo tendría voz, o también voto? ¿Cómo?
He dicho que la anterior sugerencia es tan sólo un paso en el camino. Lo es. Mi gran preocupación no es sobre los no ciudadanos, sino sobre la cultura coja de nuestros ciudadanos. En efecto, el mexicano (por indolente, por haber sido en casi toda su historia un esclavo, un siervo, o un sujeto excesivamente disciplinado) considera (al menos actúa así) que el poder público realmente le pertenece a los políticos, a los partidos que ellos forman, y a los detentadores del poder en curso.
El pueblo (o los ciudadanos si se prefiere) votan como una especie de “no me molestes más, ya voté como tú querías, y ya”. “Nos vemos en la próxima elección; mientras tanto prepara a tus nuevos candidatos para que yo cumpla votando por ellos .”
En pocas palabras: hay una ausencia total –dentro de nuestra democracia- de un sentido democrático. El mexicano, según texto constitucional que él no ha redactado, cree que al nombrar a un representante (Presidente, Gobernador, Senador, Diputado, miembro de un Ayuntamiento) le cede el poder a quien con tan poca voluntad votó.
No puede concebir, ni remotamente, que para ejercer su soberanía, a la vista de sus ocupaciones personales, debe nombrar un representante; pero igualmente estar pendiente de cómo cumple su encargo; exigirle responsabilidades; revocar su mandato al incumplido o aprovechado. Como tampoco puede concebir que sólo puede votar por un candidato que no esté previamente registrado en un partido político.
En pocas palabras: medio entiende la democracia representativa, pero no tiene la menor idea, ni actúa, dentro de la democracia participativa.
Le han hecho creer (y él comodinamente lo acepta sin analizarlo) que contrariamente a lo que diga la Constitución o cualquier papel destacado, sólo es Patria para cumplir obligaciones, y no para ejercer derechos.
Ahora sí está bien claro cómo podríamos mejorar a nuestro sistema democrático:
Organizando meticulosa y responsablemente a la Democracia Participativa. No sólo estableciendo la consulta popular, el referendo, el plebiscito, y el procedimiento para revocar el mandato malamente otorgado a los representantes traicioneros y voraces; sino conformando Juntas Cívicas de estudio, manejo y adiestramiento en los elementos necesarios para que el pueblo realmente se conforme como soberano, como titular del poder público, y como administrador de sus organismos ejecutores, y sobre la forma de ejercer directamente sus atributos reconocidos, incluyendo sus jueces.
No se trata de que en un plazo breve todo ésto se lleve a cabo. Se trata de empezar a construir. Hay que dejar el parloteo a los politicastros; y que el pueblo sí actúe.
No cabe duda que nuestro sistema ha envejecido. La molicie nos impide superarlo. Somos demócratas o esclavos. Pero no le echemos la culpa a nadie por no ejercer directamente la democracia actuante.
* Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación , Doctor en Derecho y Especialista en Amparo , Penal y Constitucional.
pensamientos@juventinovcastroycastro.com.mx

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"Empoderar al ciudadano", decía éste blog alguna vez... no lo sé, me parece que está en lo correcto sin embargo es un propósito que de tan grande parece un sueño; suerte.

Los grandes cambios siempre empiezan por lo pequeño, ¿cierto?

Algo que me puede mucho, es ver como Don Juventino, pese a -seguramente- haber visto tantas cosas desagradables e injustas se atreve a plantear tan enérgicamente una solución que confía tanto en el ser humano ... bendita experiencia, bendito optimismo.

Saludos, que esté bien.

Arturo Castro dijo...

Empoderar al ciudadano , es sólo decir de una manera diferente : hagamos valer el 39 Constitucional , es decir, nuestra soberanía como base fundamental del régimen interior de gobierno. El poder público se instituye en beneficio del titular de la soberanía que el es pueblo, ahí entramos todos.

Sociedad, gobernados , ciudadanos, pueblo es lo mismo , todos representan el elemento subjetivo , sólo que actuando en colectivo se erigen en la fuente generadora que instituye el poder público. Pero al fin y al cabo estamos hablando simplemente de personas , el elemento humano.



MUCHOS SALUDOS
GRACIAS POR LA VISITA
MUY GENTIL DE SU PARTE

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