lunes, 20 de septiembre de 2010

Ad personam


Por A.Castro

Hoy en las primeras líneas de la sección "Trascendió" de Milienio Diario se hizo la siguiente mención :



Que la muerte de José de Jesús Gudiño Pelayo significará algo más que la pérdida de un notable magistrado(sic).

Y es que Gudiño Pelayo era el ministro-equilibrio entre los liberales y los conservadores de la Suprema Corte de Justicia de la Nación


En los últimos años fue también una luz racional para hacer entender a los ministros más conservadores que el mundo había cambiado, y que la dura lex era algo más que un puñado de artículos de la Constitución.


Nuestra Constitución Política en su artículo 49 dispone que “El Supremo Poder de la Federación se divide para su ejercicio , en Legislativo,Ejecutivo y Judicial. Más adelante el artículo 94 señala que “se deposita el ejercicio del Poder Judicial de la Federación en una Suprema Corte de Justicia […]

El párrafo segundo de éste mismo numeral menciona que “la Suprema Corte de Justicia de la Nación se compondrá de once Ministros y funcionará en Pleno en Salas".

Ahora bien ,el artículo 95 en su último párrafo culmina refiriéndonos que “Los nombramientos de los Ministros deberán recaer preferentemente entre aquellas personas que hayan servido con eficiencia, capacidad y probidad en la impartición de justicia o que se hayan distinguido por su honorabilidad, competencia y antecedentes profesionales en el ejercicio de la actividad jurídica

Estos son de forma sucinta algunos de los fundamentos constitucionales que rigen a la Suprema Corte de Justicia de la Nación como depositaria del máximo del Poder Judicial Federación. Se advierte de los artículos transcritos que el texto de nuestra ley fundamental se ciñe exclusivamente a determinar la forma en que deberá organizarse el poder judicial federal así como a quienes lo conforman , alejándose del establecimiento de criterios,dogmas o postulados.

Sin embargo, es una realidad que aquel simbolismo de la justicia personificada en una mujer la cual se encuentra cubierta de los ojos como una representación de la neutralidad e imparcialidad difícilmente encuentra el cauce para transitar de la figuración a lo verdaderamente humano. No estamos hablando de la falibilidad , sino del hacer volitivo de quien decide , opta y actúa siguiendo una convicción personal a sabiendas de que le fue encomendada la tarea de conducirse sin inclinación hacia algo o hacia alguien.

Es palpable el sesgo en muchas resoluciones de la Corte, es claro el ánimo que permea en los ministros cuando han tenido que pronunciarse sobre temas fundamentales atendiendo más a sus creencias personales, pero igual de diáfano es el mandato constitucional para que este órgano haga imperar la justicia con un examen de legalidad y no con uno de conciencia y buenas costumbres.

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